Durante muchos años pensé que aprender era algo que uno hacía cuando era joven. La escuela, la facultad, los primeros trabajos. Después venía la experiencia. El problema es que el mundo decidió cambiar las reglas.
Cuando empecé a trabajar en los medios no existían las redes sociales, nadie tenía una cámara en el bolsillo y la inteligencia artificial parecía cosa de ciencia ficción. Hoy gran parte de nuestro trabajo pasa por herramientas que ni imaginábamos. Y todavía estoy aprendiendo.
Por eso me llamó la atención una propuesta que se lanzó en Lomas de Zamora: cursos gratuitos de inteligencia artificial, Canva, herramientas digitales, radio y podcast, abiertos a todas las edades. Ese último detalle me parece el más importante.
Tenemos la costumbre de asociar el aprendizaje con la juventud, como si a cierta edad ya tuviéramos que saber todo lo necesario. Pero cada generación tuvo que adaptarse a cosas nuevas: nuestros padres a las computadoras, nosotros a internet y los celulares, y ahora todos a la inteligencia artificial.
La diferencia es que los cambios llegan cada vez más rápido. Frente a eso podemos resistirnos o conservar algo que tuvimos naturalmente cuando éramos chicos: la curiosidad. Preguntar. Probar. Equivocarnos. Pedir ayuda. No hace falta convertirse en experto. A veces alcanza con aprender a hacer una videollamada, sacar un turno por internet, usar una aplicación nueva o entender para qué puede servir una herramienta que hasta ayer nos parecía ajena. En mi profesión lo comprobé muchas veces.
Si alguien me hubiera dicho cuando empecé que algún día iba a trabajar desde un teléfono, publicar contenidos en segundos y comunicarme con miles de personas sin un estudio de televisión, no lo hubiera creído.
Seguramente dentro de diez años muchas de las herramientas que usamos hoy también quedarán viejas. Por eso la pregunta no es hasta qué edad somos capaces de aprender. La pregunta es hasta qué edad estamos dispuestos a seguir teniendo curiosidad. Ojalá sea toda la vida. Te lo dice un amigo.

